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Caleidoscopio

Una fiesta de colorines y colorados
June 29

El globo terráqueo

carta 025 

 

El globo terráqueo

Siempre me han gustado los globos terráqueos; cuando era pequeño me hacía ilusión tener uno; fue más adelante cuando entró uno de ellos en casa. Tanto me gustó que a mis hijos lo primero que les regalé, en cuanto comenzaron a estudiar, fue una bola del mundo con los mares, continentes, montes ríos, naciones... se le encendía una luz y se veía el mapa político, o el físico si es que estaba apagada. Tanta ilusión puse en semejante regalo que terminaron detestándolo.

Una cosa sí que es cierta, el globo terráqueo de mi juventud no tenía nada que ver con el de ellos, no sólo por la luz, el mío no alumbraba; ni porque uno tuviera la esfera de hojalata pintada y el otro de plástico; sino también porque el mapa político de uno y otro no se parecían en nada; bueno algo sí, pero yo tenía dos Alemanias, a la Unión Soviética, Yugoslavia y alguna que otra colonia huérfana en África.

Lo cierto es que si hacemos historia con globos terráqueos encontramos algunos muy antiguos y bonitos, de esos de casas nobles o bibliotecas; pero es muy posible que todos ellos sean diferentes, si no lo son en sus mapas físicos, sí en los políticos que cambian a golpes de batallas conforme avanza la historia.

No sé, habrá globos terráqueos lujosos y bonitos, propios de las estancias de un rey; pero el mejor recuerdo lo tengo de aquel con dos Alemanias y con el que algún hermano mío debió ver el entretenimiento de un balón que terminó partiendo en dos de una patada. Era de hojalata, sí señor, y lo pegué con celo; pobre remedio para la nueva frontera, que acabó con el globo en la basura.

Fernando Urien

June 21

El vecino

Panteón II

El vecino

Apenas se les oía en casa, eran muy discretos, no se relacionaban mucho con el vecindario, pero nadie podía decir nada malo de ellos; sólo que se amaban porque eso saltaba a la vista sin querer, como algo propio de esa pareja

Cuando Roberto iba a trabajar, Elena salía a la puerta a despedirse. siempre le estiraba un poco la chaqueta o le ajustaba la corbata para después darle un beso. Aunque la mayoría de las parejas se despidan con un beso cada mañana, os puedo asegurar que el de Roberto y Elena no era un como los demás. Muchos de los besos que se dan al despedirse son de compromiso, de ¡anda! y vete ya, o de esos que se dan como quien quita el polvo. Sin embargo siempre que ellos se besaban, aunque fuera un aparente beso de compromiso, lo hacían como el primer día. No era un beso de adolescente y retorcido, no, se apreciaba el cariño en sus miradas, las cuales parecían resistirse a romper el contacto cuando sus labios se separaban. Eran así, la vida de él dependía del pulso que recibía del corazón de Elena. Aunque no tuvieron hijos, éstos tampoco fueron una meta en su convivencia; se amaban, y la sola presencia de uno colmaba los deseos del otro. Habrá quien piense que muchas parejas representan una relación, puertas afuera, que no tiene nada que ver con lo que ocurre en el hogar; ellos no, alguna vez discutían, pero cuando el tono de voz subía un poco, a Elena le brotaban unos brillos en el iris y se le humedecían los párpados a la vez a la vez que escondía su rostro. Para muchos esa actuación era puro teatro; pero Roberto no lo soportaba, se acercaba a ella y abrazándola le decía:

–Bueno, no te pongas así, será lo que tú quieras.

Entonces se ponían a discutir; que lo que yo quiera, que no, que lo que tú quieras, que si tú, que su yo; al final siempre se ponían de acuerdo.

Si había alguien que conocía la situación de estos vecinos era Lucrecia que vivía puerta a puerta con ellos. En cierta ocasión en que la invitaron a tomar un aperitivo, Elena ña llevó a la sala para que estuviera cómoda. Roberto estaba durmiendo, sentado en un sillón con orejeras frente a ella. Entonces Elena comenzó a servir el café golpeando los platos y las tazas, haciendo un ruido molesto de verdad. Pasaba su mano, una y otra vez, por delante de los párpados cerrados de su marido. Le iba a despertar, por lo que Lucrecia le dijo que no se preocupara por ella que no le importaba siguiera durmiendo. Pero Elena continuó hasta que al final; claro, despertó al pobre hombre que al ver la sorpresa de la invitada por lo que había hecho su mujer dijo:

–No te preocupes, siempre hace lo mismo, aunque estemos solos. No soporta verme dormir, teme a que no despierte.

Era verdad, cuando despertó Roberto se podía apreciar en la carra de su mujer la satisfacción de verle mover el cuerpo. Después, él solía levantarse del sillón para que Elena estuviera más cómoda; ya que a ella siempre le gustó ese lugar. Así mismo, era digno de ver cómo se preocupaba la mujer por complacer a su marido; le servía el azúcar en la taza, dos cucharadas a rebosar, y siempre sacaba un surtido de galletas que gustaban mucho a su marido.

Lucrecia entró a menudo en esa casa, sobre todo cuando enfermó Elena. Fue una enfermedad grave y no tenían a nadie que les ayudara; La vecina nunca preguntó por su familia, pero estaban solos. Fue por eso por lo que Lucrecia pasó tanto tiempo con ellos. Aunque su Roberto andaba siempre pendiente de su mujer, cuando iba a trabajar solicitaba a la vecina para que la cuidara un poco. Ésta terminó preocupándose tanto que muchas veces les llevaba algún que otro plato preparado.

Al volver de un fin de semana, en el que Lucrecia se había ido con su marido fuera, lo primero que hizo la preocupada vecina fue entrar en casa de Roberto para dejar unas croquetas que había preparado. Sobre la mesas encontró los platos que había llevado hacía dos días, antes de marcharse; estaban sin probar. Al entrar en el dormitorio vio a Roberto sentado junto a la cama de su mujer. Tenía la tez blanca, unas ojeras de no haber dormido nada y una barba incipiente y negra; guardadas entre sus manos tenía las de Elena. Ella estaba inmóvil sobre una cama que desbordaba de mantas. Su rostro, pálido y delgado, soportaba unos marcados ojos cerrados. La vio tan blanca y quieta, que acercándose a Roberto le preguntó:

–¿Está bien?

–Sí –respondió cabizbajo– aún noto el calor en sus manos.

Entonces acercó la palma de la suya a la frente de la enferma y al tocarla un escalofrío recorrió todo su cuerpo; estaba helada. No supo cuanto tiempo pasó Roberto con las manos de su mujer entre las suyas, pero le costó separarlas. Sí, era cierto, estaban calientes; no permitió que se enfriaran.

Lucrecia tuvo que encargarse de llamar al médico, también llamó al cura, aunque ellos no eran de los que iban a misa, pero pensó que no estaría de más que le diera la bendición; al fin y al cabo, eso no hace daño a nadie y ella se quedaba más tranquila. Roberto estaba tan afligido que no tenía ganas de nada, no le reprochó lo que hizo aunque siempre fuera lo que la vecina creyó más conveniente; se lo agradeció mucho. Cuando vinieron los familiares y amigos, más amigos que familiares a decir verdad, tuvo que atenderlos, ya que Roberto pasaba el día sentado a la cama de Elena. De vez en cuando saludaba a los invitados, siempre terminaba bajando la cabeza... dejándola caer... sin ganas...

Desde que murió Elena Roberto ya no fue el mismo, vestía de forma descuidada, la sonrisa aparecía en su rostro de una forma forzada, circunstancial. A veces iba a trabajar sin afeitarse... Era otro hombre. Lucrecia le solía invitar a casa a comer para que pasara un rato en compañía, distraído; pero en la conversación, aunque tanto ella como su marido procuraban evitarlo, siempre surgía el nombre de Elena. Entonces el joven callaba y volvía la vista hacia abajo quedando quieto... ausente... fuera del mundo real y sumergido en un mar de recuerdos.

No se le vio llorar, es cierto, lo hacía a escondidas, entre el silencio de los cuartos de su casa y la nostalgia de los recuerdos del pasado. Roberto con el tiempo comenzó a adelgazar. En la cara se le fueron notando los pómulos y la mandíbula de forma prominente; vestía de forma muy descuidada, algunas veces la vecina le cosía la chaqueta, ya que de lo desgastada que la llevaba solía aparecer algún que otro siete de vez en cuando; estaba convirtiéndose un verdadero adefesio. La sombra de su mujer palpitaba en todos sus actos y arrastraba al muchacho hacia el oscuro mundo de la melancolía; el resto de las cosas parecía haber perdido importancia para él.

En el aniversario de la muerte de Elena, Roberto fue a visitarla al cementerio. Lucrecia lo vio marchar y pensó que, tal como había pasado el año de viudedad, no podía ser bueno castigarse con los recuerdos, que el camposanto era un lugar bastante triste, donde las sombras del ayer se respiran en el aire junto al aroma de las plantas y la dureza de las losas que cubren los restos de vivencias ya perdidas. Sin embargo, cuando al atardecer regresó a casa saludó a los vecinos con una sonrisa que no era fingida, su rostro volvió a iluminarse como antes, y su forma de andar dejó de ser decaída, cogió brío; una alegría que no había vuelto a mostrar desde que murió su amante. Agradeció a todo el mundo las ayudas y molestias que tuvieron con él.

Desde aquel día su imagen fue más jovial; compró ropa nueva y al salir se le veía más limpio y ordenado. Aunque vivía solo, a veces se le oía cantar, hasta reír a carcajadas por no se sabe qué, ya que nadie se atrevió a preguntarle nada. Después de un año la felicidad volvió a la casa del joven viudo. Sin embargo, de toda esa transformación que surgió en Roberto, lo que más llamó la atención fueron sus continuas visitas al cementerio. Este hecho fue motivo de muchos comentarios. No es que a la gente le importara qué es lo que hacía allí, sino que resultaba extraño acudir a aquel lugar para lograr la felicidad. ¿Habría encontrado una mujer entre las visitas a los muertos?

Lo cierto es que todos lo miércoles y viernes se iba; él decía que al cementerio, y siempre volvía alegre. Sin embargo, el camposanto es un lugar de tristes recuerdos, no para el gozo, ni donde se superan las tristezas y recogen alegrías. Podía verse allí con una amante, cómo no; pero quedar tan a menudo en ese lugar... No, el camposanto no era sitio de citas, más bien de rezos; parecía de muy mal gusto verse allí con su pareja, en el mismo lugar donde yacía la que fue su amor durante tanto tiempo.

Tan extrañas actitudes llamaron la atención a Lucrecia que no podía creerse tan siquiera la posibilidad de una nueva relación. No es que le importara si quedaba o no con una muchacha que por extrañas circunstancias no sólo no la presentaba, ni la llevaba nunca a su casa, sino que además Roberto negaba de forma tozuda dicha relación. Tanto la actitud de Roberto, como los comentarios, cada vez más soeces, de la gente; provocó tal desazón en la vecina que un día decidió seguirlo sin que le viera.

Se situó unos cuantos metros detrás de él, procurando que no ser vista. Roberto, al salir de casa, tomó de forma decidida el camino del cementerio. Seguirle hasta allí resultó fácil, pero cuando entró en el camposanto tuvo que aproximarse un poco más para no perderlo entre los nichos. Cuando llegó a la tumba de Elena allí no había nadie esperándole, pero él se agachó. La espalda de Roberto no dejaba ver a Lucrecia lo que estaba haciendo, parecía entretenerse limpiando la tierra que cubría a su amante.

Lucrecia caminó agachada entre los nichos y arbustos de la zona, para no ser vista por Roberto, hasta situarse frente a él.

Roberto estaba de rodillas sobre la tumba de Elena. Había retirado las hierbas y hojas secas y arrastraba la punta de un palo marcando sobre la tierra unas palabras que Lucrecia era incapaz de distinguir lo que decían.

Después el enamorado se levantó y quedó de pié observando durante un rato sus letras. En ese momento la vecina no tuvo duda de que la soledad y los recuerdos habían trastornado al muchacho; una locura que le había sacado de la nostalgia. Estaba con esos pensamientos, cuando una ligera brisa se deslizó sobre la tumba borrando todo lo escrito como si fuera un pizarra. Después nació un nuevo surco de la nada, como si una vara invisible lo marcara, que deslizándose hacia abajo para luego volverse hacia arriba; poco a poco fue surgiendo un nuevo mensaje que Lucrecía tampoco lo pudo leer, ya que desde la distancia en que se encontraba veía ciertos signos pero no distinguía bien las letras.

Fue tal la sorpresa de la vecina ante la mágica aparición del escrito que de un suspiro salió de su pecho un ¡ay! que hubiera sido escuchado por Roberto si no fuera porque en ese mismo momento, como queriendo aislar a los amantes, se levantó el aire y arrojó sobre la cara de Lucrecia hojas secas y trozos de ramas, haciéndole daño. Insistió tanto y con tanta violencia el enrarecido viento que la vecina tuvo que irse de lugar; dejando solo a Roberto que permanecía junto a su amante en un remanso de apacible tranquilidad.

Al día siguiente Lucrecia fue a ver la tumba de Elena para comprobar lo que sus ojos vieron y su razón rechazaba como absurdo. La tierra, bajo la que reposaba la difunta, estaba llena de hierbas y tan dura que no se podía escribir sobre ella ni con una piedra punzante.

La vecina caminó de un lado a otro de la tumba incrédula de la apariencia que mostraba un lugar que el día anterior era de tierra blanda, sin hierbas, y con unas frases que no podía creer que surgieran de la nada. Arrancó unas pocas hierbas y vio unos surcos en la tierra que parecían letras deformadas. Nerviosa ya, buscó una posible frase que corroborase lo que el día anterior vio. Un "te quiero" casi ilegible apareció entre hierbajos y piedras, nadie lo vio, sólo ella; las hojas de los árboles y los rastrojos taparon el misterio como si fuera un secreto de amantes

Lucrecia no dijo nada a nadie, no se atrevió; pero comprendió la felicidad de su vecino que siguió yendo al cementerio todos los miércoles y viernes, y mantuvo la sonrisa en sus labios, como cuando su esposa vivía, el resto de los días.

June 12

Todos los días

El Carpin 2008 002

 

 

Todos los días

Todos los días suena el despertador sacándome del letargo con un sobresalto, me levanto de la cama para después asearme en el lavabo, tomo un buen desayuno con el fin de aguantar  toda la mañana en la oficina. Ya a primera hora del atardecer, con bastante apetito, almuerzo; después vuelvo a trabajar si me toca, escribo un poco, salgo a dar una vuelta, ceno y  a la cama para que al día siguiente me despierte sobresaltado, desayune, vaya a trabajar, vuelva a almorzar, pase la tarde , cene y otra vez en la cama, para despertarme, desayunar, trabajar, almorzar, cenar y dormir, para despertar, almorzar, dormir... despertar... dormir... ¡Qué rápido pasa el tiempo!

Fernando Urien.

June 07

Río revuelto

PAISAJE

 

Río revuelto

Aguas del río que bajáis revueltas

mezclando entre las peñas vuestra espuma

no mostráis clara la imagen vuestra,

no puedo en vuestras aguas ver la luna.

--oo--

¿Por qué estáis tan inquietas, aguas frías,

bajando revueltas y astilladas,

y no permitís que estas manos mías

refresquen con vuestro espejo mi cara?

--oo--

No caéis en la cuenta, arroyo engreído,

cuánto me duele el veros tan quebrado

mientras deseo a tu agua el destino

de un entorno de luz, bien alumbrado.

--oo--

Agua del río inquieta, encrespada,

liberad los brillos de primavera;

si, éstas,mis manos no quieres mojarlas

deja al menos que beba a vuestra vera.

--oo--

¡Parad! que quiero veros en descanso

reteniendo los rallos de la luna

como si fuera arco iris de un remanso

reflejo de armonía y ternura.

Fernando Urien

May 31

Virgencita, Virgencita déjame como estoy

 

 

Virgencita, Virgencita déjame como estoy

Desde una perspectiva más tranquila, ya que el Barça ha ganado, y después de pasado cierto tiempo, quisiera tocar el estruendoso caso de los pitidos en Mestalla. El motivo no son los pitidos en sí, quien quiera pitar que pite; es el Rey, vamos, la Monarquía Parlamentaria como forma válida de gobierno.

No es que un servidor sea monárquico, pero si creo que el Rey Juan Carlos ha sido un estadista que de alguna forma logró un buen equipo para un cambio político importante mediante la búsqueda de acuerdos. Y no salió mal; el esfuerzo que se realizó por buscar acuerdos nos dio una transición mucho más tranquila de lo muchos esperaban.

No obstante es comprensible que haya quienes no deseen tener un rey. Aunque no entiendo qué hay tan malo, en esta monarquía parlamentaria, para solicitar el relevo con todas las consecuencias que ello conlleva. Porque el problema no está en quitarla, sino en qué ponemos; así, de golpe y porrazo se volvería a discutir todo el sistema por completo.

Tengo la impresión de que la cosa no es tan sencilla como poner una república y ya está. El primer debate estaría en el tipo de república. ¿A la francesa o americana, con la elección del presidente a segunda vuelta y con unos poderes suficiente para no necesitar ningún apoyo del Parlamento a la hora de formar gobierno?. Esta idea seguro que, después de visto cómo se las gastan los grupos minoritarios (nacionalistas) a la hora de dar apoyos, serán muchos los políticos que la defiendan y no estén dispuestos a ceder (conociendo los resultados de las cesiones en la transición). Por la contra habrá quienes quieran una república estilo alemán o italiano, donde el peso de los pequeños grupos siga siendo determinante. No creo que caiga en error si pienso que ya tenemos un debate en toda regla.

Teniendo en cuenta que no estamos en el momento de la transición, donde el temor a una vuelta a la dictadura hizo del acuerdo entre diferentes una necesidad, y visto cómo se las gastan algunos políticos, con manifestaciones frente a los juzgados y sin el menor pudor ni medida a la hora de encender de forma acalorada a su acólitos para que defiendan sus postulados; qué quieren que les diga... pues eso "Virgencita, Virgencita déjame como estoy"

Fernando Urien

 
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fernando urien Dominguez

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Soy leo sin ser león. Me gusta imaginanar situaciones y describirlas. Espero que quien las lea se entretenga y cuente algo para el caleidoscopio.
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